
El coche de Isabel tenía un defecto. Cada vez que frenaba, el volumen de la radio o la música bajaba.
Al comprarlo no le importó, porque el precio disminuyó notablemente gracias al error de fabricación.
A Isabel le encantaba la música, no había nada en el mundo que le hiciese más feliz que escuchar una buena obra en un equipo de calidad, apreciando bien cada nota, cada instrumento.
Aquel día se dirigía al trabajo en su coche casi nuevo.
No había tráfico, y, además, su obra favorita sonaba a todo trapo en el equipo del coche. Aquella obra le encantaba únicamente por el enérgico platillazo final. Era bastante larga, pero siempre la escuchaba entera con impaciencia, a la espera de su amado platillazo. Imaginaba la orquesta entera tocando con toda la energía que tenía, a la espera de aquella explosión que indicaba que habían acabado. Entonces todos paraban de repente. Daba igual lo fuerte que tocasen, cuando el percusionista hacía sonar el instrumento obedecían sus órdenes sin rechistar, todos a la vez, perfectamente coordinados.
Isabel aceleraba cada vez más de forma inconsciente, a la vez que el final de la obra se acercaba, para subir el volumen de la música. Un poco más cada compás, contribuyendo al crescendo como si perteneciese a aquella orquesta.
Ahora.
La última nota estaba sonando. La tensión aumentaba, esperando el platillazo.
Un coche se acercaba a toda velocidad, aunque Isabel lo vio con tiempo de sobra para pegar un frenazo y evitar la colisión
Pero el coche de Isabel tenía un defecto.
Sabía que no sobreviviría al impacto, pero prefirió que el estupendísimo platillazo marcase su final, como el de la obra.
Aceleró todo lo que el coche le dejaba.
Fue el mejor platillazo que escuchó en su vida.
Al comprarlo no le importó, porque el precio disminuyó notablemente gracias al error de fabricación.
A Isabel le encantaba la música, no había nada en el mundo que le hiciese más feliz que escuchar una buena obra en un equipo de calidad, apreciando bien cada nota, cada instrumento.
Aquel día se dirigía al trabajo en su coche casi nuevo.
No había tráfico, y, además, su obra favorita sonaba a todo trapo en el equipo del coche. Aquella obra le encantaba únicamente por el enérgico platillazo final. Era bastante larga, pero siempre la escuchaba entera con impaciencia, a la espera de su amado platillazo. Imaginaba la orquesta entera tocando con toda la energía que tenía, a la espera de aquella explosión que indicaba que habían acabado. Entonces todos paraban de repente. Daba igual lo fuerte que tocasen, cuando el percusionista hacía sonar el instrumento obedecían sus órdenes sin rechistar, todos a la vez, perfectamente coordinados.
Isabel aceleraba cada vez más de forma inconsciente, a la vez que el final de la obra se acercaba, para subir el volumen de la música. Un poco más cada compás, contribuyendo al crescendo como si perteneciese a aquella orquesta.
Ahora.
La última nota estaba sonando. La tensión aumentaba, esperando el platillazo.
Un coche se acercaba a toda velocidad, aunque Isabel lo vio con tiempo de sobra para pegar un frenazo y evitar la colisión
Pero el coche de Isabel tenía un defecto.
Sabía que no sobreviviría al impacto, pero prefirió que el estupendísimo platillazo marcase su final, como el de la obra.
Aceleró todo lo que el coche le dejaba.
Fue el mejor platillazo que escuchó en su vida.







